(Reflexiones sobre el liderazgo que se mueve distinto)
“Nunca es demasiado tarde para empezar de nuevo.”— Jonas Jonasson, El abuelo que saltó por la ventana y huyó
En esta novela, un hombre de cien años decide escapar por la ventana de su residencia.
No lo hace por épica, ni por gloria.
Lo hace por algo más simple (y profundamente humano): moverse.
Ese gesto, absurdo y luminoso, se convierte en una metáfora sobre la libertad, el cambio… y el sentido.
Y pensé: ¿Cuántas veces creemos que liderar (o incluso vivir) significa siempre saltar hacia arriba?
- Ascender.
- Crecer.
- Lograr.
- Subir.
Pero hay saltos que no buscan altura.
Buscan dirección.
El liderazgo que se mueve distinto
Saltar en horizontal no es rendirse.
Es tener la valentía de cambiar de ángulo.
De reconocer que, a veces, crecer no es subir… sino acercarse:
- A las personas.
- A la verdad.
- A una misma.
Ese salto horizontal es el que dan las líderes que no compiten por el podio, sino por la coherencia.
Las que construyen puentes en vez de escaleras.
Las que saben estar cerca, sin necesidad de estar arriba.
Liderar sin vértigo
No todos los impulsos necesitan altura.
Algunos solo necesitan dirección, presencia, intención.
Y en un mundo que empuja a correr, brillar y lograr… moverse diferente puede ser el acto más valiente.
Escribir, como liderar, también es un salto horizontal.
No busca aplausos, sino conexión.
No se mide en métricas, sino en resonancia.
Cuando escribimos con verdad, nos acercamos a quienes somos.
Y en ese movimiento (a veces suave, a veces tembloroso), aparece otro tipo de poder: el que no domina, sino que ilumina.
“Cuando escribimos con verdad, nos acercamos a quienes somos.”
Hay saltos que no te elevan, pero te transforman.
Saltar en horizontal es recordarte que el liderazgo también se ejerce desde el alma.





